Estudiantes afrolatinos en UMD se enorgullecen de sus identidades a pesar de años de prejuicios

Gabrielle Coleman, una estudiante de segundo año de universidad. (Gabby Baniqued/The Diamondback)

Este artículo fue traducido por Clara Longo de Freitas y Amanda Hernández desde un reportaje original de Clara Longo de Freitas. To read this story in English, click here.

Cuando Omar Eaton-Martínez aplicó a la Universidad de Maryland en la década de 1990, no diseccionó su identidad para que encajara dentro de una de las casillas enumeradas en la solicitud.

En cambio, cuando llegó a una pregunta sobre su raza, marcó “otro” y escribió “puertorriqueño negro”.

Pero cuando llegó al campus, se sintió como si la universidad hubiera elegido una casilla para él. Mientras que sus amigos negros recibían mensajes de la Unión de Estudiantes Negros, él recibía mensajes de organizaciones hispanas, que parecían que eran principalmente para estudiantes latinoamericanos recién inmigrantes.

“Yo estaba como, ¿qué es eso?” dijo Eaton-Martínez, ahora un estudiante de doctorado en el departamento de estudios americanos. 

Las personas que son afrolatinas a menudo se encuentran en una posición en la que se les pide que negocien sus identidades o expliquen su origen a aquellos que pueden tener dificultades para comprender, dijo Nancy Raquel Mirabal, directora del programa de estudios latinos de EE.UU. en el departamento de estudios americanos de esta universidad. Los Estados Unidos tiene una cierta definición de negritud que no es muy amplia, prosiguió: Si eres negro y hablas español, algunos pueden ponerse confundidos.

Mientras tanto, la anti-negritud y el colorismo todavía abundan en algunas partes de la comunidad latina, que Mirabal dice que se remonta a los efectos de la esclavitud — efectos que se han internalizado generación tras generación, y proclaman que ser de ascendencia europea es ideal, mientras que la negritud y la herencia indígena no lo son.

En esta universidad, los miembros de la comunidad afrolatina han enfrentado a microagresiones e interrogatorios culturales. Algunos han sentido que tienen que demostrar su valía cada vez que hablan español.

Pero a medida que envejecen, muchos también han crecido en sus identidades, buscando conocimiento sobre su herencia y encontrando consuelo y orgullo en sus tradiciones culturales.

Aquí están sus historias.

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Eaton-Martínez recuerda como a sus amigos de la infancia les gustaría decir a los demás que él era puertorriqueño. Era una sorpresa para la gente que él era negro y también hablaba español.

“La gente me lee y me ve como afroamericano por mi apariencia”, dijo Eaton-Martínez.

Sus padres emigraron de Puerto Rico a finales de la década de 1960. Su padre encontró una comunidad puertorriqueña en su nuevo trabajo en Goddard Space Flight Center, y su madre aún podía hablar español durante su trabajo como maestra en una escuela bilingüe.

Cada verano, él y su familia iban a Puerto Rico a visitar a su familia extendida. Aprendió más sobre su cultura, recorriendo la isla, jugando baloncesto con sus primos y haciendo picnics en la zona verde de El Morro, una ciudadela histórica en San Juan.

En casa, sus padres hablaban principalmente español, mientras que él y su hermana a menudo contestaban en inglés, aunque podrían haber respondido en español.

“Las cuatro paredes de mi casa eran Puerto Rico, pero tan pronto como salí de la puerta, era Silver Spring”, dijo.

Pero él también resonaba con su negritud, dijo, y como estudiante en esta universidad en la década de 1990, se unió a una organización donde los hombres negros difundirían la conciencia sobre la experiencia negra en el campus y las comunidades circundantes. Cuando la Corte Suprema anuló una beca solo para estudiantes negros después de que un estudiante latinoamericano blanco la desafiara, diciendo que era discriminatoria, Eaton-Martínez estaba entre los estudiantes que protestaron.

Fue durante estos años académicos que comenzó a ver su identidad a través de una lente académica, dijo. En 1996, cuando se graduó de la universidad con una especialidad en estudios afroamericanos, se le pidió que trabajara en una tesis de último año.

¿El tema que eligió? “El autoconcepto negro en la comunidad puertorriqueña”, o lo que se conoce más comúnmente hoy como estudios afropuertorriqueños.

“Esa fue realmente la primera aventura formal para mí salir y realmente darle sentido a mi identidad fuera de la experiencia que mi familia me proporcionó”, dijo.

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A menudo, cuando está rodeada de personas de la comunidad latina, Gabrielle Coleman dice que va a ir “de incógnito”.

No dirá nada sobre su identidad hasta que alguien le pregunte, por ejemplo, cómo habla español. Solo entonces les dirá que es puertorriqueña y cubana — o afrolatina.  

“Anti-negritud es algo grande en la comunidad latina. Entonces, a veces, tú solo quieres sentir a la gente sin que ellos sepan que eres latino y vean cómo son”, dijo Coleman, estudiante de segundo año inscrito en letras y ciencias.

Cuando explica su identidad, dice Coleman, ella se da cuenta de cuán complejo que puede ser entenderlo para los demás, aunque para ella no lo sea. Su negrura es su raza, mientras que su latinidad es su bagaje cultural. Pero para algunos, puede parecer que ella está tratando de no ser negra o que no está diciendo que es latina.

Entonces, por lo general, ella atiende a su audiencia. A veces, ella menciona estadísticas, como que Cuba tiene una gran población negra, o ella comparará su origen cultural con lo de las personas en África. Alguien de Nigeria, dijo, no necesariamente se parece a alguien de Sudáfrica o Etiopía. El color de la piel no tiene nada que ver con su cultura. 

Para evitar confusiones, Coleman dice que muchos afrolatinos prefieren rodearse de pares negros. Puede ser más fácil de esa manera.

“La gente negra viene en tantos matices diferentes que entienden un poco mejor”, explicó.

Pero Coleman dice que siempre ha abrazado ambos aspectos de su identidad. Creció inmersa en la cultura puertorriqueña y cubana, así como en la cultura afroamericana. Sus dos padres son negros, pero su madre creció en el Bronx, en un orgulloso hogar cubano y puertorriqueño hispanohablante. Su padre es afroamericano.

Ella aprende sobre la historia de los cubanos y los puertorriqueños negros, estudiando la forma en que su idioma y cultura han sido moldeados por los de Nigeria. Su abuela le contaba a Coleman los orígenes de las costumbres y prácticas culturales que la comunidad afrolatina todavía lleva hoy, como el fufu, un alimento común en África occidental y central, y el fufu de plátano, un plato tradicionalmente peruano.

Pero sus dos orígenes culturales son más parecidos que diferentes, ella dijo.

En el invierno, el lado de la familia de su madre generalmente se reúne para celebrar la Navidad, donde pueden comer arroz con gandules o pasteles, con una música latina de fondo. En el verano, la familia de su padre se reúne para el fin de semana del 4 de julio, donde ella escucharía pop, R&B, jazz o hip-hop. Pero las celebraciones no se sienten muy diferentes.

“El sentido de la familia y los valores familiares y asegurarse de que todos se unan cada año, es muy similar tanto en la cultura afroamericana como en la cultura latina”, dijo Coleman.  

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Orgullo dominicano atraviesa el hogar Laurencio.

Las bandas sonoras de merengue y bachata que datan de los años 80 resuenan a través de las paredes. En los domingos, el olor del mangú — un platillo que consiste en puré de plátano, salami y huevos fritos — se apodera de la cocina, que tiene un pequeño santuario para los santos.  

Y un viernes por la noche, Brianna Laurencio, una estudiante senior de justicia penal y criminología, mira la gran bandera dominicana que tiene en su habitación, que cuelga brillante con sus cuadrados rojos y azules.

Pero Laurencio todavía enfrenta microagresiones de aquellos que cuestionan sutilmente su identidad como afrolatina. A menudo se siente como si estuviera pasando por algún tipo de iniciación cuando explica su bagaje cultural. Algunos se sorprenderán de que haya negros en la República Dominicana. Otros dirán que Laurencio no parece latina o, cuando la escuchan hablar español, que no parece mexicana.  

“¿Quién dijo que yo era mexicana? Soy dominicana”, decía.

Cuando era niña, Laurencio no decía que era negra, sino que decía que era dominicana. No fue hasta su último año de escuela secundaria, entrando en su primer año de universidad, que aceptó sus vínculos con afrolatinidad: la cultura compartida de aquellos que se identifican como latino y tienen algún nivel de ascendencia africana.

Antes de eso, Laurencio se sentía como si estuviera atrapada entre dos comunidades y no se sentía “suficiente” en ninguna.

“Sentí que no me aceptaban en ambos grupos, así que siempre estaba en el medio”, dijo.

Laurencio estaba trabajando hacia un minor en español cuando se trasladó a la Universidad de Maryland de Montgomery College. Como dominicana estadounidense, se colocó en SPAN306, una clase de español para aquellos que crecieron hablando español en casa.

Pero en la clase, sintió que solo había una forma correcta de hablar español. Se ignoró la forma en que los hablantes de herencia varían en acento y terminología según la región. Su vocabulario y pronunciación dominicanos se verían como errores, y se le rebajaría los puntos, dijo Laurencio.

“Lo que realmente me enojó un poco, porque ese es el español del colonizador”, dijo Laurencio. “No deberían corregirme por la forma en que hablo español porque no creen que sea apropiado. Yo no creo que eso sea correcto. Siento que el español es universal … hay muchas formas diferentes de hablarlo, al igual que hay muchas formas de hablar inglés”.

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Cuando Nancy Vera llegó a esta universidad como nueva estudiante de doctorado, ella se identificaba como mexicoamericana.

Pero después de cuatro años estudiando literatura comparada, folklore y los efectos del comercio atlántico de esclavos en México, eso ha cambiado. Ahora, ella se considera afromexicana.

Esa identidad, dijo Vera, es una que se define como ser de ascendencia africana, incluso si no te ves como lo eres. Durante los tres siglos en que México fue colonizado, muchas mujeres africanas no pudieron darse el lujo de casarse con quien quisieran. En cambio, fueron forzadas a casarse o violadas, o forzadas a tener hijos con hombres blancos.

“Reclamar mi herencia afromexicana también es reclamar, independientemente de si mis antepasados se procrearon con indígenas o españoles, que el linaje sigue siendo parte de mí, aunque ya no es visible”, dijo.

Como parte de su investigación, Vera explora la literatura de Costa Chica, un área a lo largo de la costa sur del estado de Guerrero, México. Ahí es donde está el corazón de la cultura afromexicana, dijo — y también es donde su madre nació.

Más específicamente, Vera estudia cómo los cuentos populares afromexicanos se remontan a la historia y las tradiciones de narración de la África occidental, algo que la historia oficial mexicana intenta borrar, ella dijo. 

Ella recuerda creciendo y no haber visto actores negros en las telenovelas, a menos que estuviessen interpretando mayordomos y sirvientes o villanos. Cuando ella estudiaba historia de México, su maestra decía que los mexicanos eran descendientes de españoles e indígenas. Pero cuando Vera se miraba en el espejo, no se sentía descendiente de ninguno de los dos comunidades, aunque tiene rasgos indígenas.

Pero cuando volvía a visitar Costa Chica con su madre, y veía a otros con la piel parecida a la de ella, se sentía en casa.

Cuando Vera dijo a su madre que estaba interesada en investigar sobre Costa Chica, su madre no entendía realmente por qué. Su ciudad natal no solía ser algo de lo que estuviera particularmente orgullosa. La gente le preguntaba si era costeña — de la costa — lo que tenía la connotación de ser de la parte pobre de la región, dijo Vera.

“Ahora, ella dirá ‘Soy orgullosamente una costeña. Y, a propósito, mi hija está haciendo esta investigación en la costa mexicana’”, dijo Vera.

Cuando tu gente ha sido colonizada, sientes que no hay nada que puedes contribuir al mundo, o que nunca podrías producir un trabajo que estaría interesado en la lectura, dijo Vera.

Pero cuando le muestra a su madre la literatura de la Costa Chica que está estudiando, las colecciones de poesía de su comunidad, su madre se sorprende.

“Ella dirá: ‘Oh, Dios mío, ¿la gente de mi comunidad escribió esto? Esto es increíble’”.

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